DE HÉROES Y TUMBAS
Domingo Cultural
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En las últimas semanas se ha discutido mucho sobre las razones que llevaron al presidente Bukele a homenajear a Morazán. Se cuestionó incluso si sus restos existen, dado que el mausoleo fue profanado en 1863
Carlos Gregorio López Bernal
En 1990, el historiador
canadiense Steven Palmer presentó en Columbia University su tesis doctoral “A
Liberal Discipline: Inventing Nations in Guatemala and Costa Rica 1870-1900” en
la que estudiaba cómo los liberales decimonónicos inventaron la nación en
dichos países. Su tesis no agradó mucho a los costarricenses pues cuestionaba
el hasta entonces acendrado nacionalismo tico y los discursos sobre los cuales
se había fundamentado su identidad nacional. Palmer mostró que la “campaña
nacional” contra los filibusteros de W. Walker y el héroe Juan Santamaría
fueron sucedáneos que suplieron la falta de una narrativa de luchas
independentistas.
Al margen de las reacciones, el
trabajo de Palmer dio lugar a pioneros estudios sobre la nación, el
nacionalismo y la “invención de tradiciones” en Centroamérica. Vale decir que
estos se fundamentaban sobre los trabajos de académicos como Benedict Anderson
(Imagined Communities, 1983), Eric Hobsbawm y Terence Ranger (Mass-Producing
Traditions, 1983), y el clásico de Hobsbawm (Nations and Nationalism, 1990),
introducidos en la región por Palmer. Este es uno de los pocos casos en que la
historiografía centroamericana ha estado a la vanguardia de las tendencias de
estudios históricos.
En conjunto, esa historiografía
muestra el carácter artificioso, interesado y poco original de los constructos
nacionales. Estos responden a un patrón preelaborado que se repite una y otra
vez, con variantes a veces interesantes, determinados por la particularidad del
devenir histórico de cada país o por la creatividad e ingenio de quienes los
elaboran. En esa perspectiva, la nación — entendida como comunidad política
imaginada — es construida desde el Estado, por lo tanto, es posterior a él. En
cierto modo, es un recurso que pretende esconder la violencia, la imposición y
el carácter excluyente del Estado. Según Anderson, la nación crea un sentido de
pertenencia que borra las diferencias socioeconómicas y “hermana” a todos, por
medio de creencias compartidas.
La nación es un constructo con
altos niveles de abstracción que necesita de mitos y símbolos que la hagan
asequible al grueso de la población, buena parte de ella con bajos niveles de
escolaridad. Por eso se le representa en cuanta forma soporte un significado
nacional. Así tenemos historia, literatura, arte, símbolos, monumentos,
fiestas, héroes; todos acompañados con el ubicuo adjetivo nacional.
La invención de héroes nacionales
muestra con meridiana la claridad las ambigüedades y contradicciones de la
identidad nacional. Nuestro panteón de próceres independentistas oculta los
conflictos que vivieron; por ejemplo, el distanciamiento entre José Matías
Delgado y Manuel José Arce por cuestiones como la creación del obispado de San
Salvador y la gestión del último como primer presidente de la Federación.
Habían luchado juntos por la independencia y contra la anexión al imperio de
Iturbide; para Delgado era lógico esperar que, como presidente federal, Arce
apoyara los proyectos políticos sansalvadoreños, pero no lo hizo porque asumió
que era presidente federal. Por esto, y sus posteriores enfrentamientos con el
caudillo liberal, cayó en desgracia con la élite política nacional, pero
también con quienes más tarde escribirían la historia nacional, igualmente
liberales.
Fue solo en el siglo XX que se
elevó el perfil de Arce atribuyéndole la fundación del ejército nacional, pues
el 13 de enero de 1822, la Junta de Gobierno de San Salvador lo nombró
Comandante General de la provincia, cargo con el que enfrentó a las tropas
enviadas por Iturbide para someter la provincia. Esta narrativa omitía que los
primeros enfrentamientos se dieron contra fuerzas de Santa Ana y San Miguel
partidarias de la unión a México. Habría que preguntarse cómo encajará Arce en
la historia militar nacional, hoy que por capricho presidencial se ha realzado
tanto la figura de Francisco Morazán. Arce y Morazán se enfrentaron muchas
veces, la mayoría de los salvadoreños ignoran los motivos. Ambos tuvieron
méritos y tareas, y lo poco que de ellos se sabe ha pasado por el tamiz de lo
que, a posteriori, se quiso destacar u omitir.
El culto a los héroes requiere
reliquias; estas prácticas son una versión secular del culto religioso. Las
reliquias abundan en catedrales y museos. En “El nombre de la rosa”, Humberto
Eco satiriza la proliferación de fragmentos de la cruz en que fue ejecutado
Jesús y sentencia: “Si todos fuesen auténticos, Nuestro Señor no habría sido
crucificado en dos tablas cruzadas, sino en todo un bosque”. Tan cierto es que
el español de la reconquista acuñó el toponímico Veracruz que, sin decirlo,
deja ver que había falsas.
México ofrece casos de antología:
en 1949 se anunció que, en la iglesia de Santa María de la Asunción en
Ixcateopan, se encontraron los restos de Cuauhtémoc, último tlatoani que luchó
contra los españoles en Tenochtitlan. Diferentes comisiones científicas
estudiaron el caso por varios años hasta concluir que era un fraude. Sin
embargo, todo el debate que acompañó a los hechos fortaleció el mito, en lugar
de debilitarlo. Obviamente, todo el montaje estuvo condicionado por el
nacionalismo, en buena medida promovido desde las esferas del estado
revolucionario, que buscaba responder al descubrimiento de los restos de Hernán
Cortés en 1946 en la ciudad de México, al parecer estos sí eran verdaderos.
Más cercano a nosotros está el
caso de Juan Santamaría, héroe nacional de Costa Rica surgido de la guerra
contra los filibusteros de William Walker. Palmer demostró que el culto a
Santamaría se inventó a finales del siglo XIX y fue parte de un kit de iniciativas
liberales para construir la identidad nacional tica. Punto culminante de ese
proceso fue la inauguración del llamado monumento nacional el 15 de septiembre
de 1895.
A diferencia de los héroes
nacionales centroamericanos, Santamaría provenía de los sectores populares, lo
cual convenía a la idea de que Costa Rica era un país de campesinos pequeños
propietarios con arraigadas convicciones democráticas. Un país que para inicios
del XX ya se ufanaba de tener más maestros que soldados. Santamaría murió en
Nicaragua. Se dice que se ofreció voluntario para prender fuego a una casa
donde se parapetaban los filibusteros; lo logró, pero murió en el lance.
En 1981 el gobierno sandinista
anunció que se habían encontrado los restos de Santamaría en una iglesia de
Rivas. Como muestra de amistad y confraternidad serían repatriados a Costa
Rica. Hubo un acto muy emotivo en la frontera de Peñas Blancas, donde Daniel
Ortega los entregó al presidente Rodrigo Carazo. Sin embargo, unos meses
después, estudios forenses demostraron que lo entregado no eran los restos del
héroe y que entre ellos había huesos de animales. Algunos ticos exaltados
pidieron castigar la afrenta con las armas, pero otros más comedidos recordaron
que hacía décadas que no tenían ejército y la cosa no pasó a más.
En las últimas semanas se ha
discutido mucho sobre las razones que llevaron al presidente Bukele a
homenajear a Morazán. Se cuestionó incluso si sus restos existen, dado que el
mausoleo fue profanado en 1863. Como todo se hizo en las sombras y fue manejado
como secreto militar, no hay manera de salir de las dudas. No debiéramos
tomarnos muy en serio las acciones de los promotores de ese tipo de homenajes;
el rigor histórico es lo que menos les interesa. Más bien, debiéramos
preguntarnos qué intereses los motivan. Lo único novedoso del acto presidencial
es que, al menos en lo que yo conozco, es primera vez que se hace un homenaje
sin un discurso oficial, con un performance mudo. Se cuidó mucho los enfoques
de las cámaras y las luces; sobre todo la pose hierática y artificiosa del
presidente, pero nadie explicó por qué se hacía tal parafernalia. Y reconozco
que explicarlo no sería fácil.
PD: Si Bukele es tan morazanista,
¿por qué no conmemoró el natalicio del héroe los años anteriores?
Carlos Gregorio López Bernal
Historiador, Universidad de El Salvador
El Diario de Hoy. San Salvador. 6 de Octubre de 2026.

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