LA VIDA EN LOS CAMPOS BANANEROS DEL DISTRITO DE OLANCHITO E ISLETAS (1947—1965)
Juan Ramón Martínez
Parte IX
Le había prometido al abuelo Victoriano Bardales que no me iría a estudiar a Tegucigalpa, mientras el estuviera vivo. A finales de 1961, sus problemas de salud se agudizaron. El doctor Saul Ayala le atendió y diagnosticó una uremia crónica, para lo cual recomendó unos medicamentos que le compramos. Pero era evidente que no mejoraba. El 5 de abril de 1962, un paro cardíaco puso fin a su existencia. No tenía dinero – como le ocurre a casi todo el mundo— para enfrentar el acontecimiento. Afortunadamente ese mismo día habían llegado de Olancho, en avión, mis primos Roderico Cruz y Bonifacio Velasquez. Ellos me prestaron ochenta lempiras con los que compre en una carpintería local un ataúd decente como se lo merecía el abuelo. Su hermano Prospero Bardales, llegó y ordenó que trajeran de su hacienda “La Conquista”, un torete que fue destazado en el patio de la casa y con cuya carne atendimos a los amigos y familiares que nos visitaban en tan infausto suceso. El primo Enrique Bardales, me ayudó en los pequeños detalles y en una tarea para la que nunca me he preparado jamás: vestir con su último traje a un muerto. Enrique además se encargó de comprar el café, el azúcar y el pan para darle a los primeros amigos que nos visitaron antes que saliera el sol de ese día en que sufrí la primera muerte de un familiar cercano. Marianela Mejia, mi novia – y con la cual muchos creían que terminaría contrayendo matrimonio – enterada del infausto acontecimiento, me dijo que no me acompañaría porque ella iba de vacaciones con sus compañeras a La Ceiba y que desafortunadamente no podía postergar el viaje. Me dejó solo, en mi primer problema de soledad. Solo con las tías Pimpa, Donatila y Julia que vivían en Olanchito y el tío Héctor que llegó de la aldea San José. Doña Mencha y alguno de mis hermanos, vino de Nerones en horas de la tarde. El tío Fabio también llego de Sonaguera. Me pregunto si había tenido algunos gastos. Le informe de la deuda que tenía para la compra del ataúd y sin muchas palabras, -- como era su estilo distante--, me dio los ochenta lempiras que le pague inmediatamente a mi primo Roderico. Lo enterramos, ese mismo día, al caer de la tarde. En la salida de la iglesia, cargamos el féretro, el tío Fabio, el tío Fausto, Enrique y yo. Al poco tiempo, se acercó un hombre desconocido y me pidió cargar el ataúd. Le dije que el primer tramo le correspondía a los familiares: “Pues soy más familiar que usted”, dijo. Eso basto. Me hice a un lado y le cedí el lugar. Era un hermano del abuelo que nunca había visto y que además, nunca volví a ver jamás. Se llamaba, me dijeron después, el tío Bruno Núñez. En la esquina del cabildo, hablo para despedir el duelo don Lencho Cano. Pondero las habilidades matemáticas del abuelo y de sus virtudes ciudadanas, típicas de un militante liberal. Una hora después, lo dejamos solo, aprendiendo a morir eternamente, en la infinita soledad del camposanto de Olanchito.
En noviembre de ese mismo año, en compañía de
mi primo Enrique Bardales, viajé a San Pedro Sula para tomar el examen de
admisión a la Escuela Superior del Profesorado. Opte por la especialidad en
Ciencias Sociales. Como antes lo habían hecho Candiano Lozano, María Teresa Nasser
y José Antonio Murillo. Como para hacer el viaje no tenía dinero, solicite un
préstamo – por mientras me llegaba el pago de 130 lempiras que ganaba como
profesor de educación primaria en la escuela Modesto Chacón y me correspondía
por el mes anterior – a don Lino Santos y a don Domingo Urbina---. Los
dos me dijeron que no tenían fondos. Entonces hable con don Mauricio Ramírez,
mi compañero – igual que don Lino Santos—en el Bloque de Prensa de Olanchito.
Me dijo, “compañero no los tengo en este momento; pero venga mañana en la
mañana. Usted no dejará de hacer sus estudios superiores por simples ochenta
lempiras”. En efecto al día siguiente el líder del Partido Nacional, me entregó
los cuatro billetes de veinte lempiras. Salimos en avión de Olanchito, con
parada en Puerto Cortés y después aterrizamos en Barandillas, donde estaba el
aeródromo de San Pedro Sula en donde ni Enrique ni yo habíamos estado jamás.
Nos hospedamos en el Hotel Internacional, en la Tercera Avenida de SPS. Al día
siguiente, llegamos a las ocho de la mañana al Instituto José Trinidad Reyes.
Allí nos recibieron dos profesores de la Escuela Superior del Profesorado que
con discreción y amabilidad profesional mínima, nos sometieron a una batería de
test durante dos días. El primer día llegó y nos saludó también con suave y
distante cortesía Julio Escoto – según supe después – alumno del primer año de
Letras en la Escuela Superior del Profesorado Francisco Morazán. Escoto,
además, aprovecho para preguntarnos si teníamos donde comer. Le dijimos
Enrique, Leonardo Murillo – de Progreso y que iba por una posición en la
especialidad de Letras--, que no. Entonces nos dijo que su mamá tenía un
comedor. Allí fuimos a comer. Fuimos finalmente atendidos por la madre de Julio
Escoto, un encanto de mujer que ademas de cocinar como nunca había visto hasta
entonces, tenía la habilidad y el tono de la voz para hacer sentir muy bien a
sus clientes y visitantes. En el fondo y en silencio, vestido de caqui – camisa
y pantalón – y con la cabeza tapada con un innecesario sombrero de fieltro
color café, un hombre serio e indiferente. Se llamaba Pedro Escoto López, padre
de Julio y Alejandrina, director del semanario satírico “El Alfiler” – que nos
llegaba vía canje a Olanchito—y Jefe del Presidio de San Pedro Sula. No lo
saludamos y él no nos volvió a ver siquiera. Tres días después, Enrique y yo,
regresamos por la misma vía aérea a Olanchito a nuestras actividades normales.
Yo sabía que la apuesta era fundamental para mi vida. Como Dario Turcios me
había dicho, tenía que irme porque si no lo hacía terminaría convertido “en
alcalde de Olanchito”, Además quería ganarme la beca. Enrique solo me había
acompañado generosamente. Sin el a mi lado, las cosas habrían sido muy
incómodas. En enero, a través de HRN dieron la lista de los nuevos alumnos de
la Escuela Superior del Profesorado. En esa lista, leyeron el nombre de “Juan
Ramón Martínez de Olanchito”. Me sentí muy bien. Seguro y orgulloso.
En la fiesta de navidad visité a mis padres que
ya residían en Lerida, Colón. Mi papá, hablo brevemente conmigo y me dio 60
lempiras. El 12 de febrero de 1963 tomé un avión de Sahsa en el campo de
aviación “El Arrayan”, situado al norte de Olanchito. Era un lunes de febrero
seco y fresco del año 1963, el último del gobierno constitucional de Ramón
Villeda Morales. El probable golpe contra el Estado Democrático que darían los
militares, era un tema inevitable en las conversaciones políticas en una ciudad
que entonces mostraba una sólida estructura social que todavía no habían
destruido Mel y Tomas Ponce Posas. Me levante temprano para entrar el baño que
teníamos en el patio, en la vieja casa del abuelo, en la calle la Union, la
calle que entonces era una de las principales de la ciudad, porque terminaba en
“La Estacion” donde llegaba y salía todos los días, el ferrocarril que
proveniente de Ceiba, traía comestibles, combustibles y pasajeros. Y llevaba
productos agropecuarios para La Ceiba, Tela y San Pedro Sula.
Estaba nervioso, El sentimiento era el de un
hombre solitario que se preparaba para una aventura que no tenía regreso
alguno. Y en cuya decisión, solo contaba con el silencio al borde de las
lágrimas de las tías Tila y Pimpa que tanto me quisieron, las miradas
escrutadoras de mis primos, el respeto de mi padre – porque igual él a los 17
años había emigrado desde Olancho hasta la Costa Norte y la esperanza sin
fisuras de doña Mencha, mi madre. Y haciendo contraluz la estudiada y deliberada
indiferencia de Marianela Mejia Ortega, que, en algunos momentos, meses antes,
me había dicho al oído que daría la vida por mí, y que sin mi presencia no
podría vivir. Esta mañana dormía plácidamente; o estaba en la Escuela San
Jorge, matriculando a sus alumnos; o dando clases, riendo y mostrando a sus
compañeras que no le importaba que el hombre de su vida, emprendía una ruta
para posiblemente no volver jamás. A la ciudad y a sus brazos.
Me vestí modestamente como se usaba entonces.
No considere prudente ponerme saco y corbata. Volví a ver el reloj
nerviosamente para constar que eran cerca de los nueves de la mañana, y que en
unos instantes llegaría Beto Zuniga – gordo y afable, con la cara encendida
tirando a roja por las prisas de su oficio, manejando un “Land Rover” gris en
el que nos conducía a los pasajeros que viajábamos fuera de Olanchito usando la
vía aérea; y a los que por diversas razones venían a la ciudad.
Acepte como normal que nadie me despidiera en
Olanchito y nadie me recibió en Tegucigalpa. No había razón que alguien
me esperara en Tegucigalpa. En Toncontín, al pie del avión, me dieron el baúl de
metal que llevaba como equipaje. Sali al estacionamiento a buscar un taxi. Me
aproximé a un taxista y le di la única dirección que tenía: “ a la vuelta de la
Pulpería “Estrellita del Sur”, casa de don Irene Alvarado. El taxista sonrió.
Le pregunte por qué. Me respondió, soy el dueño de la pulpería Estrellita del
Sur. Vamos dijo. Unos quince minutos después llegamos al barrio “La Guadalupe”,
después de pasar el barrio Morazán, me explico el señor chofer. Aquí es la casa
de don Irene me dijo al final. Era una casa de madera, de una sola planta
ubicada en una calle de tierra, frente a una quebrada de la que todavía no
conocía su nombre. Doña Eva de Alvarado, la esposa de don Irene Alvarado a
quienes había conocido en Olanchito, cuando este último se desempeñó como
Fiscal del Juzgado de Letras de Olanchito y manejo una venta de revistas
estadunidenses y sudamericanas: Life de Estados Unidos, Siempre de México y O globo
de Brasil, me recibió afectuosamente. Doña Eva y don Irene, eran padres de dos
de mis alumnos de mi primer año como maestro en la escuela Modesto Chacón:
Oscar y Rene Alvarado. De modo que mi llegada constituyo una mutua alegría. Me
cobraba doña Eva 50 lempiras por la comida, el cuarto para dormir; y el lavado
de ropa. La beca era por 100 lempiras mensuales. De febrero a noviembre. Un
verdadero regalo el cobro; pero en condición de miembro de la familia de modo
que seguía en forma obligatoria, los avatares de la economía frágil de los
pobres, sometida permanentemente a los altibajos de la incertidumbre. Don Irene
era Procurador libre, de ingresos desconocidos; y doña Eva una invariable
trabajadora de la costura que hacía ropa de partida que vendía en los mercados
de Tegucigalpa. Cuando habia buen tiempo, comíamos hasta “chapsuey” un plato
exótico que nunca antes habia comido e íbamos al cine Presidente, el mejor de
la capital a ver películas estadounidenses. En los malos días, habia que comer
poco, hablar suave y respetar los hiatos de la pobreza. Con la mejor cara
posible
El 14 de febrero fui a clases a la Escuela
Superior del Profesorado Francisco Morazán, ubicada en el barrio Finlay, al
frente de lo que ahora es el Hospital Viera. Entonces al frente habia una
hilera de casas bajas cubiertas de teja. Allí habia varios negocios. Solo
recuerdo la “Colchoneria Vilorio”. El Director de la ESP era el Lic. Horacio
Elvir Flores, el sub director el Dr. Guillermo E. Duron y el Secretario de la
ESP un conocido y amigo de Olanchito, Cecilio Dueñas Quezada, hijo mayor de don
Sixto Quezada, el líder del Partido Liberal local y tenido entonces como el más
rico de la ciudad. Cecilio Dueñas con la cordialidad suya, me inscribió y me
dio el horario y me señalo las aulas. Subí al segundo piso y entre al aula del
primer curso de Ciencias Sociales. Allí estaban: Zoyla Hernández, Alicia
Chávez, Melba Zuniga, Claudia Mejia, Vilma Zaldivar, Estela Castro, Teresita
Zelaya, Zulema Ewens, Gustavo Banegas, Alfonso Mendoza, Alejandro Perla, Edwin
Leiva y Ausberto Hernández. Los profesores eran Guillermo Mayes Huete –
historiador graduado de la Universidad San Carlos de Guatemala--, Edmunda
Pascua Perdomo, Aida Guerrero Fontecha, Raúl Paz Ardon, Godofredo Padilla Rush,
Trinidad Inestroza, Alejandro Rivera Hernandes, Guillermo E Duron, Noe Pineda
Portillo y Víctor F Ardon. El horario era muy intenso. Teníamos dos jornadas:
de siete a 12 meridiano y de 2 a 5 pm. Siete horas de clase. Habia una
biblioteca dirigida por Jorge Fortin y una cafetería en donde departían
especialmente los alumnos y profesores de Letras que eran visitados
frecuentemente por los que eran los intelectuales de la época: Clementina
Suares, Oscar Acosta, Roberto Sosa y Francisco Salvador que recién habia
regresado de Francia. Los resultados de los exámenes tenían un enorme valor. No
se podia perder una clase por baja calificación, porque ello significaba la
perdida inmediata de la beca y el retiro de la Escuela Superior del
Profesorado. Al final del primer semestre dejaron el curso Edwin Leiva, y
Austroberto Hernández por calificaciones y Teresita Zelaya por razones
familiares. Ella posiblemente era la más inteligente y madura de todas las compañeras.
Al final de 1963, terminé el segundo semestre y pude regresar a principios de
noviembre a Olanchito. Estuve posiblemente una semana con los amigos y
compañeros de la ciudad y Hernan Posas – que entonces era alto ejecutivo de la
Standard – nos consiguió a Jardel Quezada – que estudiaba derecho en la UNAH
--, Enrique Bardales, profesor de la Modesto Chacón y yo que estudiada en la
ESP, trabajo como peones temporales en uno de los campos de la compañía. Jardel
Quesada y yo fuimos a trabajar a Nerones Colon—allí escogí yo porque vivía mi
hermana Tonita que se habia casado ese mismo año de 1963 con Santos Funez—y
Jardel Quesada estuvo de acuerdo porque le quedaba muy cerca de Sonaguera,
donde vivían sus papas el tío Fabio y doña Lucy Quezada. Los dos éramos
“capitanes de cuadrilla”, manejábamos 12 hombres y la tarea era apoyar el falso
tallo de la mata parida con un palo recto y paralelo para fortalecerla frente a
los coqueteos del viento. Nos pagaban Lps 5.35 por una jornada de ocho horas
continuas e intensas. El mandador de finca era don Tulio Sosa, esposo de doña
Yolanda Ramires Soto – hermana de José “Cheche” Ramires e hija de María Soto de
Ramírez, mi madrina de bautizo. Don Tulio Sosa era un hombre muy gentil y
sumamente educado. El trabajo era duro, tanto por las tareas como por las
intensas lluvias que algunas veces eran una insoportable monotonía que cae sobre
nosotros, durante toda la jornada de trabajo. Trabajamos – Jardel y yo – los
meses de diciembre de 1963 y enero de 1964. Los dos acontecimientos más
memorables fueron el matrimonio de Jardel con Santos Carrasco, en Sonaguerra al
que no fui invitado siquiera porque fue muy rápida la ceremonia y la captura de
mi hermano José Dagoberto – que estudiaba en Olanchito – por los militares por
órdenes del sargento Enrique Carcamo. Mi hermano “Pepe” – para la familia – era
estudiante de secundaria en el “Francisco J Mejia” y como efecto del golpe de
estado del 3 de octubre de 1963 en que López Arellano habia derribado a Villeda
Morales y expulsado fuera del país acompañado entre muchos otros por Modesto
Rodas Alvarado, los estudiantes de secundaria de Olanchito, habían descubierto
el encanto de repetir el sonsonete “ Hay viene Rodas jodido” que al militar –
hermano del laureado poeta Jacobo V. Carcamo, consideraba subversivo. Junto a David
Pineda mi hermano – los dos menores de edad—fue encarcelado, junto a presos
comunes. Regrese apuradamente a Olanchito, sobre una máquina que me dejo en
Crucete y desde allí a pie llegue a la ciudad. Cuando llegue mi hermano y David
Pineda ya habían sido puestos en libertad. Encontré a mi hermano jugando billar
como si nada hubiera ocurrido. En la noche en el Lux, inevitable lugar de
tertulia entre amigos, al redor de una mesa donde estaba se agregó el sargento
Enrique Carcamo quien, al verme muy serio, me dijo que suponía que estaba
molesto con él. Le dije que sí. Que el acto en contra de mi hermano era
ofensivo e ilegal. Dijo que asi era, pero que “son cosas que pasan profesor”.
Ese cuento es una excusa vacía, le respondí disgustado, porque usted ademas es
amigo de mi padre desde hace muchos años y no respeto eso siquiera. Divago
sobre los avatares del mando y otras cosas insustanciales más. Como la conversación
la habíamos monopolizado los dos, los demás contertulios, uno de ellos dijo,
hasta aquí no más, hablemos de otras cosas. Con lo que se terminó el incidente
verbal.
En 1964, iniciamos el segundo curso. El grupo
se habia reducido. Vilma Zaldivar no volvió y las dos hermanas brasileñas hijas
del embajador de Brasil acreditado en Tegucigalpa, tampoco. Además había nuevo
director en la Escuela Superior. El general López Arellano, Jefe del Estado,
nombró para el cargo a Rafael Bardales Bueso, un distinguido educador nacido en
Zacapa Santa Barbara; y que, hasta su regreso a Honduras se habia desempeñado
como director de un Instituto Interamericano de Educación de la OEA en Rubio,
Venezuela. Hombre suave, admirador de sus alumnos por lo que creía que seriamos
en el futuro, desde el primer día me dispenso enorme cariño. El resto del
personal siguió en sus puestos y solo empezó a despuntar entonces el Lic. Luis
Alberto Baires que habia hecho estudios de psicología en Suiza Me
cambie de residencia, porque tenía otros ingresos provenientes de dos clases
que habia conseguido en el instituto Valle que era propiedad de un licenciado
Zavala que me pagaba –cuando los alumnos le pagaban a él, cosa que era muy
irregular – 60 lempiras. Mis ingresos eran sustancialmente mejores. Fui
aceptado como pupilo en la casa de Rodolfo Rosales Abella y su esposa Orfilia.
Aquí pagaba 75 lempiras al mes y 10 lempiras por el aseo de la ropa. La alimentación
y las condiciones de la habitación eran superiores. Vivimos en dos casas: una
frente al cuartel de los bomberos voluntarios muy cerca de la Casa de la
Cultura y en la cuadra situada al frente – calle de por medio—al oeste del
Parque Herrera. En esa misma calle, todos los días pasaba una de las mujeres
más bella de Honduras, con la cual ensaye algunos de los piropos literarios que
habia encontrado para entonces. Pastora Pagan, ademas de bella era culta y
sensible al oído ante los tonos balbuceantes de un joven estudiante
universitario. Reía gentilmente y decía adiós. Normalmente iba acompañada de su
hija. Después pasábamos a vivir a una casa vieja al frente de HRN, en el sitio
en donde ahora está el Hotel MacArthur. En varias noches libre fui a HRN donde
conocí a Avendaño, Francisco Morales, Nahun Valladares y a Rodolfo Breve
Martinez. Rosales Abella era un prestigioso líder liberal que, hasta el tres de
octubre de 1963, se habia desempeñado como Ministro Director del Instituto
Nacional Agrario. Tenía en su sala de estar una enorme biblioteca, donde entre
los ocho estudiantes que vivíamos allí, yo era el único que el recibía, cosa
que me honraba de gran manera. Era un hombre inteligente, bien informado y con
enorme capacidad comunicacional. La estancia en su familia-- durante el año
1964—me enriqueció de gran manera. Carlitos, Sandrita y Rodolfo, eran unos chicos
adorables. Sandrita era la mayor y estaba en el primer año de secundaria.
Ahora, especialmente Sandra con la que un tiempo después coincidimos mientras
estudiábamos derecho en la UNAH, hemos mantenido una continua relación.
En la Escuela Superior del Profesorado, formaba
parte del grupo de Marco Olando Iriarte, con el que llegue a formar parte del
directorio estudiantil que el dirigía. Era el representante estudiantil en el
Consejo Técnico de la ESP. Como tal, me tocaba defender los intereses de los
estudiantes. En las clases, el grupo se habia reducido y solo éramos diez. La
clase que me daba más dificultades era el inglés. Se formaron tres grupos: los
más duros, los medianos y los avanzados. Me inscribí en el primer grupo lo que
creo que fue un error porque en el tercer año, la clase que me dio dificultades
fue esa precisamente. Era el último año y que pudo haber imposibilitado que me graduara.
Los alumnos ademas de las clases especialmente desde segundo año, debíamos
hacer prácticas en el Instituto Secundario que funcionaba anexo a la Escuela
Superior. En 1964 Marco Orlando Iriarte era el director. Alguien que no
recuerdo en la sección de sociales, me dijo que tenia que dar la clase de Moral
y Cívica a los alumnos del Nocturno Anexo. En efecto, me vestí con el único
traje decente que tenía y empecé mi ejercicio magisterial. Yo habia tenido experiencia
como maestro en Olanchito durante dos años, de forma que me desempeñaba muy
bien. Pero Iriarte, tenía reglas que yo no cumplía. Y me llamo y me dijo que no
volviera porque yo no reunía los requisitos para hacer practica dando clases
sino hasta al año siguiente. Acepte sin problemas su decisión que me liberaba
de una carga adicional, porque para entonces era profesor por hora en el
instituto Adolfo Alvarado, situado en un segundo piso del edificio que estaba
donde ahora es el Fiallos Soto. El mejor de mis alumnos era Rigoberto Chang
Castillo.
Dos acontecimientos fueron memorables. Un día
por la mañana, mi mejor amigo entonces Gustavo Banegas me conto que habia
venido de Santa Rita, un buen amigo suyo, un muchacho de muchos méritos que
encuadraba entre las personas para ingresar a la Escuela Superior del
Profesorado. Pero que no habia hecho los exámenes de admisión. Me dio su nombre
y le dije que buscaría la forma de obtener la beca, una vez que alguno dejara
el espacio correspondiente. Si te parece bien debemos aprovechar el cupo
disponible para darle oportunidad a otro estudiante con méritos. Por aquella
época, los que perdían una asignatura debían abandonar la institución sin
oportunidad alguna. De forma que los lideres estudiantiles y ese era mi caso,
siempre estuviéramos atentos para darle oportunidades a quienes, sin haber
efectuado los exámenes correspondientes, pudieran ingresar casi en calidad de
obligados suplentes. El estudiante era Eduardo Barh y no venía de Santa Rita –
Banegas y yo lo supimos hasta mucho tiempo después—sino que, de El Salvador,
según refieren sus amigos, tuvo que regresar a Honduras porque la actividad a
la que se dedicaba, la venta de intangibles – artículos populares del hogar,
mediante una cuota semanal y un sorteo - ya no le era rentable. O porque no le
salieron las cuentas, vaya usted a saberlo. Eduardo Barh, me pareció cuando me
lo presentaron una excelente persona, inteligente, vivaz y “entrador” –
amistoso y cercano como todo vendedor exitoso -- que sin duda sería una buena
escogencia y así lo fue. Hable con la profesora Aida Guerrero, entrevistaron a
Eduardo Barh y le permitieron el acceso a una carrera donde tuvo un excelente
desempeño. Tanto en el teatro, la literatura como en la enseñanza.
El otro acontecimiento importante fue que ese
año en 1964 empezo a circular en todo el país el diario La Prensa, editado en
San Pedro Sula y en cuyo directorio aparecía Wilfredo Mayorga como Jefe de
Redacción y Sigfredo Pineda Green como corresponsal en Tegucigalpa. Los dos
compañeros y amigos. El primero de Olanchito y el otro, apreciado y conocido en
Tegucigalpa, gracias a que participó en el Bloque de Prensa de Tegucigalpa en
el cual me incorpore por algún tiempo, hasta que que tal cosa puso en peligro
mi dedicación exclusiva a mis estudios en la Superior
A finales de finales de noviembre de 1964,
efectuados los exámenes finales, regrese a Olanchito. Visité a mis amigos, comí
en la casa de don Pio Carrasco, Aida de Santos y Elsy Rascoff, compartiendo
anécdotas y describiendo planes y sueños, no tanto por arrogancia, sino que
establecer inevitables compromisos. Otra vez, Hernan Posas me arreglo – igual
que Jardel Quesada – la oportunidad para regresar a trabajar de peón temporal
en la bananera durante dos meses. En la misma posición, Capitan de Cuadrilla,
con doce hombres bajo mi supervisión, pero esta vez “regando sal” – aplicando
fertilizante, -- urea--, alrededor de cada mata de guineo – para completar las
necesidades de esta y asegurar un correcto funcionamiento. Lo terrible ese año
fueron las lluvias interminables que azotaban la zona. Y como el trabajo debía
continuar para cumplir con la meta de fertilización, trabajábamos bajo el agua
pertinaz. Un día, la lluvia y las exigencias de mi organismo me provocaron un
ataque de hipo insoportable. Al regresar, fui al dispensario a buscar auxilio
en la enfermera. Esta me escucho y con la mayor naturalidad; me dijo que
regresara a donde mi hermana Toñita y me tomara dos cucharaditas de azúcar y un
vaso con agua. Intoxicado como estaba de las falsas virtudes absolutas de la
ciencia y el rechazo a la memoria medica popular, le dije que no andaba
buscando brujerías. Calmese, lo entiendo me dijo; pero haga lo que le digo y
después, si ese tratamiento no le llega, venga y le pongo una inyección. En
efecto hice lo que me dijo. El hipo desapareció. Como un caballero, regresé con
la enfermera y le pedí disculpas.
Por las noches en el campo descubrir que no
habia nada que hacer. Entonces pregunte a los campeños cuantos no sabían leer y
escribir y como el numero era bastante alto les pregunte si estaban de acuerdo
en recibir clases y aprender. La mayoría dijo que sí. Funde una clase de
alfabetización y le pusimos – en una arrogancia inolvidable – escuela nocturna
Ramon Amaya Amador. Durante cerca de dos meses, más de veinte campeños fueron
mis alumnos a los que le enseñe las primeras letras. No sé cuántos aprendieron
a leer. Lo importante para mí es que consolido mi vocación magisterial y me
permitió probar que dándole oportunidades a los más pobres, estos podían salir
adelante por sus propios medios, sin volverlos dependientes de los gobiernos.
Después, cada noche, como mi cuñado tenía un radio que ademas de la onda corta
usaba la onda larga, como se acostumbraba entonces. En la noche me apropiaba
del radio y escuchaba en onda corta emisoras internacionales: Radio Habana
Cuba, La Voz de las Americas, Radio Moscú, Radio Vaticana y otras emisoras del
mundo hispano. Uno de los agentes encubiertos que vigilaban discretamente todos
los movimientos en el campo, le dieron información al comandante de Guanacaste
que, otra vez, valga la coincidencia, era el sargento Enrique Carcamo, hermano
del poeta Jacobo Carcamo. La información, sin embargo no fue muy bien
procesada; o, se consideró que era normal que un joven que estudiaba en
Tegucigalpa y de paso por el campo, escuchara esas cosas. Tiempo después como
mi cuñado Santos Funez, quedo aficionado a las noticias, siguió con la
práctica. Y entonces, el sistema si opero: fue capturado y encarcelado. Mi
papá, tuvo que viajar a Guanacaste desde Lerida para abogar por el marido de su
hija el que fue puesto en libertad después de la amonestación analfabeta de un
funcionario poco sensible a las cosas del conocimiento y al respeto de las
libertades. El único problema es que Santos Funez era liberal y para Chito
Carcamo, aquello era absolutamente intolerable.
El ultimo día de trabajo a finales de enero de
1965, estábamos cerca de las dos de la tarde, a inmediaciones del caserío El
Café,-- cuatro o cinco champas a la orilla del rio Aguan-- y como vimos unas
matas de caña que creímos que no eran de nadie, sugerí que cortáramos y nos
chupáramos un par de ellas, como despedida. Es la última vez que nos veremos
les dije. Y ellos estuvieron de acuerdo. Sentados en un bordo de la finca
estábamos cuando paso un automóvil de la Compañía frutera, aminoro la velocidad
y un hombre dijo, porque no están trabajando. Solo descansamos le dije. Arranco
y se fue. A la media hora don Tulio Sosa que era el mandador de finca, llego y
me llamo la atención. Le explique que mi último día en el trabajo, que jamás
volvería; y que no se preocupara que no lo volvería hacer. Don Tulio se dio por
satisfecho.
Regrese a Tegucigalpa terminar mi tercer año en
Ciencias Sociales en la Escuela Superior del Profesorado. Habia sido nombrado
como director de la ESP, Luis Alberto Baires. El profesor Rafael Bardales
Bueso, era el Ministro de Educación. Por primera vez tuve un amigo en un
gabinete presidencial. Aunque el régimen me seguía pareciendo detestable, el
profesor Rafael Bardales Bueso, no era a mis ojos un político, sino que una
real educador, un espejo en donde remiraba mi futuro con golosa antelación.
Deje la casa de Rosales Abella y me instale en la casa 709 de la Primera
Avenida, para residir con un grupo de “olanchitos”. La casa, era administrada
por Maxito Santos y nos cobraba a los inquilinos que éramos seis – Oscar
Murillo, estudiante de derecho, Humberto Caballero estudiante de economía,
Adalid Sosa – que trabajaba en Banafon--, Marco Tulio Alvarado, derecho, Oger
Bautista, derecho y yo, en la Superior-- 25 lempiras mensuales a cada uno. Se
agrego un tiempo después José Rascof Munguia, derecho; y Francisco Lozano, que
seguía un curso de supervisores en la Escuela Superior del Profesorado.
Comíamos donde doña Chinda, la mama de Edgardo Orellana primero; y después,
donde doña Margarita de Hernadez la mama de Rosalpina. Allí coincidíamos con el
pintor Visquerra y con Leonel Gonzales, hermano de Benigno Gozalez, ex alcalde
de Progreso. Era un grupo sólido y coherente. Con el cual, anude eterna amistad
y compañerismo que ni el tiempo ha borrado. En marzo de 1965, fui el primero
del grupo y de mi generación estudiantil que viajaba a los Estados Unidos.
Maxito Santos no lo podia entender. Creía que seguíamos en Olanchito. Durante
cuarenta y cinco días viajamos por varios estados y ciudades de los Estados
Unidos, visitando universidades. Fui parte de un grupo integrado por Juan José
Interiano, Armando Suazo, Marina Alicia Chávez, Juana Antonia García, Nohemi
Almendarez y Rita Kay Barrow. La experiencia fue inolvidable. Visitamos
universidades en Nueva York, Washington, San Francisco, Los Ángeles, Houston y
Miami, conversamos con estudiantes hondureños, hablamos con senadores y
diputados y fuimos atendidos por la embajada de Honduras en la capital federal.
En San Francisco fuimos invitados por una familia de hondureños radicados en
Estados Unidos pero con sus hijos mayores viviendo en Tegucigalpa. El regreso
también fue muy emocionante. En mi ausencia, habia sido elegido presidente del
Consejo Estudiantil de la Escuela Superior del Profesorado. Derrote a Mario
Argueta que hacía poco habia ingresado. Al regresar me enfrente al reto más
serio de mi vida: pasar la asignatura de inglés. La profesora era una
voluntaria del Cuerpo de Paz que me aplazo en el primero y el segundo examen
parcial, sin compasión alguna. Frente al reto, me consagre al esfuerzo de
salvar mi carrera. Estudie inglés, sin orden; pero con dedicación absoluta. Y
con el apoyo de Zulema Ewens que era la mejor en esta asignatura, logre, de
barriga salvar la carrera. Nos graduamos en noviembre de 1965. El reto, era el
inicio de la carrera de pedagogo. En la ceremonia final de graduación, me
otorgaron el segundo premio – Mayes Huete insistió que no merecía el primero
porque era muy irrespetuoso con él, especialmente—y no me dejaron que
pronunciara el discurso de despedida porque llegaría el Presidente de la
Republica Osvaldo López Arellano y el Ministro de Educación Rafael Bardales
Bueso y yo sin duda alguna diría barbaridades, haría críticas a los
militares y censuraría el golpe de estado que dos años antes habían dado
contra el Presidente Ramon Villeda Morales . Creo que fue una buena decisión.
Dolorosa pero buena para la comunidad de la Superior. Nadie me propuso que me
quedara como docente en la ESP; y yo no lo busque porque no me consideraba
preparado para esa tarea. Preferí salir de Tegucigalpa para conocer a la
Honduras profunda y “graduarme de hombre” como decían que dijo el “che”
Guevara. Creo que fue una buena decisión.

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