Mirador: DEBILIDADES Y DEPENDENCIAS
Juan Ramón Martínez
Cuando más distante estoy de Honduras, veo mejor sus fortalezas y fragilidades. Una rápida vista de los presupuestos del gobierno central y la lectura de memorias e informes municipales, permiten identificar una tendencia: aumento del tamaño, poder e influencia del gobierno central y una debilidad acelerada de las municipalidades que, a cambio de renunciar a sus competencias, han terminado dependiendo del poder central. Y con ello, aumentado la dependencia del ciudadano también.
Ahora, más
que nunca todo se resuelve en Tegucigalpa o se hace lo que Tegucigalpa ordena.
Y para complicar las cosas el gobierno central ha penetrado al municipio
colocando funcionarios que, aunque radicados en el territorio de este, obedecen
las órdenes de los jefes en Tegucigalpa. En Olanchito, por ejemplo, hay más
funcionarios del gobierno central que de la municipalidad.
Cualquiera
puede decir que esto no impacta a SPS, Choluteca, La Ceiba, Comayagua, Danlí,
Juticalpa y Santa Rosa de Copán. Y se equivocan. El que el gobierno central
decida dar o no las transferencias –por las razones que sean– tiene un fuerte
impacto. De forma que la buena o mala administración depende del juicio que se
hace desde Tegucigalpa y no de la opinión de los ciudadanos de los municipios
señalados.
Pero esta
dependencia tiene sus efectos negativos también para el poder central. Cómo la
vamos a ver más adelante, entra a formar la base de la crisis general que está
enfrentando el país. Es cierto que la población ha crecido en forma
exponencial. Y esta variable no podemos dejar de considerarla. Pero el problema
es que, en vez de mejorar la calidad del hondureño, en la medida en que aumenta
numéricamente, el ciudadano, las personas, son más frágiles y dependientes.
Hasta hace
un tiempo los problemas se resolvían en el municipio. Ahora todo hay que
tramitarlo y resolverlo en Tegucigalpa. Todas las dificultades médicas se
concentran en las dos ciudades mayores y allí conducen todos los enfermos y sus
lamentos. Y como la clase media se ha reducido en la medida en que se ha
incrementado la pobreza, la capacidad para acceder al sistema privado se ve limitada.
En estas condiciones no hay forma que el gobierno central tenga capacidad para
atender las demandas de una población eternamente dependiente.
El
populismo que iniciaron los militares y que han continuado los gobiernos
democráticos desde 1982, ha operado en forma deficitaria dependiendo de las
donaciones externas o de los préstamos concesionados que nunca podremos pagar.
Que los organismos de crédito y los políticos saben que serán financiados
eternamente. Nos prestaran para pagar los préstamos atrasados.
Lo que
ocurre no es un problema manejable por un solo partido político. Peor
estaríamos en manos de Nasralla que se ha comportado como un manirroto sin
orden ni cuidado en el manejo de los dineros públicos. Porque no se trata de
una simple falla en el ajuste de la visión política de un partido político y
sus líderes con la realidad que deben manejar, sino que de un problema de
inoperatividad general del sistema de organización política que tenemos en el
país.
Creímos
ingenuamente que Asfura y su grupo –por su hermetismo, aislamiento y su aire de
autosuficiencia– tendría conciencia del problema, aceptando que el populismo es
inmanejable si no se tiene una estructura económica eficiente y autónoma que lo
sostenga. Pero no.
Creyeron
que era cosa solo de cambiar el color de la bandera. El problema es complejo y
la reforma que el país necesita, hace urgente y necesario, sostenerlo con un
pacto para poder frenar la dependencia que nos agobia y que nos llevará a la
muerte como nación. Hoy o mañana.
La Prensa, SPS. 8 de Octubre de 2026.

Comentarios
Publicar un comentario