“TIERRAS DE PAN LLEVAR” O PAÍS DE HARAGANES
Juan Ramón Martínez
La frase de Rafael Heliodoro
Valle, que somos “una tierra de pan llevar”, ha llevado a creer que,
siendo tan rico el territorio no hay que trabajar, nos hay que planificar,
tampoco prever; y solo esperar que los frutos maduros caigan sobre la mesa.
De allí la actitud que manejamos es la de un pueblo que teniendo todo, no
hace nada por construir una nación viable, con un pueblo orgulloso dispuesto a
dar todo por construir la mejor nación del continente y del mundo. Esa voluntad
no es perceptible entre los nuestros compatriotas. En la conducta y en el
discurso de la mayoría de los políticos que se ha refugiado en la disputa
callejera y en la pelea ladina por el presupuesto, no hay nada diferente.
La imagen de Honduras es la de un
pueblo indolente. Dispuesto a celebrar alegremente a los que les siguen
vendiendo “espejitos de colores”, a cambio que resuelvan sus problemas y que no
los obliguen a trabajar. Es la imagen que proyectamos en el vecindario.
Los salvadoreños que tienen una
mejor imagen de sí mismos, creen que somos el pueblo más haragán de
Centroamérica. Muchos informes y estudios de funcionarios de organismos
internacionales, hacen hincapié en la falta de voluntad política, poca
dedicación al trabajo, discreta honradez y ausencia de objetivos compartidos.
Completada con una enfermiza disposición a depender del gobierno hasta en lo
más inverosímil.
Esta última debilidad es más
notoria en la medida en que ha crecido la población, se han desvalorizado los
mecanismos de control social; y se ha desatado una pelea constante colectiva
por las migajas del presupuesto nacional. Y por el territorio.
Se niega la necesidad de
competencia para servir en los cargos públicos. Se aduce que son derechos que
nacen de la voluntad, porque los méritos son inventos de quienes favorecen la
discriminación. Algunos desde afuera fomentan legitimidad de esta conducta con cuentos
de camino real: que hay pueblos originarios que –sin honrar el pasado y si
hacer nada en el presente por Honduras–, tienen el derecho de paralizar
acciones que realizan otros para explotar las tierras, usar las aguas, la luz y
la temperatura para producir bienes y servicios y llevarlos a los
mercados internacionales que tenemos cerca y que no aprovechamos
suficientemente.
En los años sesenta fui anfitrión
por algunas horas del embajador de Israel. Cuando divisó desde la altura el valle
de Comayagua, ¿me pregunto porque no lo cultivan? Por vergüenza no le confesé
que los hondureños mayoritariamente son haraganes. Le expliqué que no lo sabía.
Pero el problema sigue. Ahora que
acabo de regresar de Estados Unidos, he visto como ese valle exige brazos y
corazones entusiastas y voluntades aceradas para producir riqueza. No hacerlo
no es pecado. El diablo no se lleva a los triunfadores. En Olanchito de mi
niñez decían que el hombre más rico –el más trabajador entre todos– entregaba el
alma de los niños al diablo a cambio que sus vacas dieran más leche que todas
las demás.
Es obvio que la ética hondureña
es muy frágil. Cada compatriota se siente un niño de once años que anda
buscando el “padre” que no ha tenido, en los “líderes” de las pandillas, en los
caudillos para que les enseñe la verdad y les resuelva el problema. La prédica
moral religiosa debe ser revisada. León XIV lo dijo a los obispos hondureños.
No sé si lo entendieron. Pero hace falta un discurso en que, de alguna manera se
vincule la salvación futura con el éxito actual; y con el triunfo produciendo
riqueza. No debemos seguir siendo los haraganes de Centroamérica.
La Prensa, 15 de octubre del 2026.
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