Contracorriente: PELIGROSOS AIRES TOTALITARIOS
Juan Ramón Martínez
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Un fantasma amenazante se cierne sobre Honduras. El fantasma de la tentación totalitaria. Que en una sociedad donde su población exhibe una edad psicológica de 12 años, donde se ahonda la distancia entre los partidos y los electores, se ignora la pérdida de la identidad nacional; y se aceptan –sin cuestionar éticamente y legalmente las alternativas– soluciones arbitrarias a problemas que se pueden resolver de otra manera, puede echar raíces y destruir la vida democrática. Y darle paso a la dictadura. En silencio, como la pobreza, se impone ilógicamente la conveniencia que: “el fin justifica los medios”.
Hay un antecedente histórico. Durante el
régimen liberal de Vicente Mejía Colindres –1929-1932– se acentuó la
inseguridad y se profundizo la desigualdad. La causa fue la falta de
previsión de los gobernantes que nunca anticiparon los problemas y no crearon
alternativas. También las guerras civiles endémicas. Además, la crisis del
capitalismo de los Estados Unidos de 1929, afectó las exportaciones
–especialmente de bananos y broza a los Estados Unidos– redujo los ingresos al
gobierno y disminuyeron los sueldos de los trabajadores bananeros,
profundizándose la polarización en que los hondureños se volvieron enemigos
de los otros hondureños. Los crímenes contra las personas y el daño a la
propiedad privada –bienes muebles e inmuebles– configuraron una situación en
que la mayoría de la población, concluyó que necesitaba un “hombre fuerte”
para enfrentar el problema. En las elecciones de octubre de 1932, dos
hombres duros de armas tomar disputaron la presidencia de la república. José
Ángel Zúñiga Huete por el Partido Liberal y Tiburcio Carías Andino por el
Partido Nacional. Los electores prefirieron al más duro, del partido
diferente al presidente Mejía Colindres que consideraban débil para enfrentar
la violencia. Ganó Carías pero los “Mayores de Plaza”, en “la revuelta de
las traiciones”, se negaron a entregar el ejecutivo al ganador Carías Andino.
Mejía Colindres apoyado por Carías, batió a los insurrectos y este inició su
gobierno el 1 de febrero de 1933.
Impuso la paz y tranquilizó al país. Lleno
las cárceles de delincuentes y opositores políticos; expulso de Honduras a sus
adversarios y mando a la tumba a los que creyó que no tenían capacidad de
rectificar sus conductas levantiscas e irregulares. En 1936, transformó el Congreso
en Asamblea Constituyente y elaboró una nueva Constitución y se reeligió,
instaurando una dictadura en que se impuso la paz de los cementerios, la
monotonía de las cárceles y las desgracias de los opositores que tuvieron que
dejar el país. A cambio de la paz, gobernó durante 16 años. Y en 1954
intentó otros seis años más, que no logró porque Gálvez y Williams Calderón se
lo impidieron.
Algo parecido está ocurriendo ahora. El gobierno
de Asfura no puede controlar la inseguridad y cada día que pasa crece el
sentimiento que la alternativa es establecer un régimen fuerte –sin tomar
en cuenta los riesgos y pasando por alto el reducido volumen electoral del
Partido Nacional– mediante las reformas de las leyes, reduciendo derechos y
postergando garantías que tradicionalmente ha acompañado la vida hondureña
desde 1982. Cuando la Corte Suprema emite un dictamen para un proyecto de
reformas al Código Penal, Tomas Zambrano dice “que no es vinculante”; y que el
Congreso no hará caso de las opiniones de los titulares del Poder Judicial. El
presidente del Congreso, rechaza las tesis garantistas y avanza, en una ruta
que no se sabe cuántos le acompañaran, en un terreno en que a cambio de
seguridad, los hondureños renunciaran a la libertad y a las garantías que
consagra la Constitución. Se privilegian los fines –indudablemente nobles y
buenos– para justificar los medios, cualesquiera que sean. No importa su valor,
su ajuste o no con la ley y el respeto a la vida de los demás, lo que vale es
si es útil para dar resultados. Atrapados por la comercialización del
proyecto Bukele, se pasa por alto que para ser efectivo, tiene que establecerse
en un régimen autoritario, en una dictadura –como la de Carías en su
tiempo– que asegure el control ciudadano, reduzca las libertades y ponga en
cintura a los delincuentes. No importando las garantías constitucionales y
mucho menos las prevenciones de la Corte Suprema. Pareciera que el país
estuviera dispuesto a ir a la dictadura, buscando en la figura del hombre
fuerte, el paraguas para encontrar la seguridad que solo se cree posible en una
dictadura.
La tentación es fuerte. Los partidos han perdido la
confianza de los electores. Muchos creen que pueden conseguirla imponiendo
soluciones que al dar resultados les permita recuperar el favor ciudadano. ¡Mal
camino señores!

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