PORQUE HAY QUE EVITAR “MORIR EN LA ARENA”

 Juan Ramón Martínez

Mario Vargas Llosa contó, en una entrevista publicada en “El País” de Madrid, España, que su admiración hacia Jean Paul Sartre desapareció cuando se enteró que ante una pregunta de dos jóvenes escritores africanos, les dijo que primero había que hacer la revolución y después, de eso, “escribir literatura”. Fue razonable la actitud del entonces joven Mario Vargas Llosa. La experiencia cubana, le confirmo la oportunidad de su decisión. Hicieron la “revolución” y esta no les permitió hacer literatura. Ni a la generación que le siguió a Lezama Lima y al Grupo Orígenes; ni tampoco a la encabezaba por Heberto Padilla o Reynaldo Arenas. Por eso la revolución cubana no ha podido producir la gran novela cubana que le diera continuidad a Alejo Carpentier. Solo al final, como restos de su destrucción a finales de los años noventa es que en el resquicio de los pequeños espacios de libertad que se dieron en el interior de la crisis de una revolución que siempre fue dependiente, se pudo atisbar en Zoe Valdez, Reynaldo Arenas y Leonardo Padura especialmente, un despertar de la novela y la creación literaria singular que coincide con las crisis personales –caso de Arenas rechazado por su homosexualidad a la que tenía derecho– la lejanía o la nostalgia en el caso de Zoe Valdez; o la libertad en el de Heberto Padilla para ejercer la acción de los creadores. Y en la necesidad de expresarse en el caso de Padura. Porque igual que la revolución castrista mató a la alegría, también le cerró el espacio a la creatividad de la novela que solo puede darse como transgresión o como salto suicida hacia la libertad, en un espacio abierto e ilimitado. El estalinismo castrista, cerró cualquier espacio para la auténtica creatividad. De allí la crisis que se expresó en mediocridad y laso y cansado realismo socialista.

Leonardo Padura es un caso muy especial. Tanto por talento como por su habilidad para sobrevivir en el filo de la navaja. Nació en La Habana en 1955. Usando los pequeños espacios que le permitió la revolución castrista –ya en un proceso inevitable de decadencia–, empezó a escribir novelas policíacas, teniendo como escenario la realidad cubana. Poco a poco, desde las investigaciones del inspector Mario Conde, Padura ha espigado su talento enorme y ofrecido al mundo un trabajo impecable que todo el mundo reconoce y le tiene por ello, entre los mejores novelistas del mundo. Su novela “El Hombre que Amaba los Perros”, constituye un alarde de novela total que le permite revelar desde un hecho conocido la muerte de Trosky, una visión extraordinariamente realista del mundo socialista y de la precariedad de Cuba que nunca pudo salir realmente del “periodo especial” inventado por Fidel Castro después del colapso de la Unión Soviética. Una narración tan bien realizada que en mucho le valió a Padura para recibir el Premio Princesa de Asturias y el derecho para entrar a formar parte del pelotón de los que hacen fila para ganar en algún momento el Premio Nobel de Literatura. Ahora o en algún momento del cercano futuro. Pasando inevitablemente por la distinguida puerta del Premio Cervantes.

En su novela “Morir en la arena”, Padura construye un relato, a partir de la tarde del 22 de marzo de 1992, en que Eugenio Bermúdez Paz, en un “mal día” mató a su padre de ocho martillazos en la cabeza, se entregó a la Policía, fue juzgado; y condenado a cadena perpetua por el parricidio cometido; y ahora, en el tiempo presente de la novela, el sistema carcelario –treinta años después– lo deja en libertad, para que se muera en su casa porque esta aquejado de un cáncer pancreático en su fase terminal. Desde el momento que se tiene la noticia, su esposa Nora –que nunca le ha ido a visitar en la cárcel– su hermano Santiago –que fue novio de Nora y que la sigue deseando y buscando con pasión contenida con dificultad–; y el resto de sus familiares –dos sobrinas que viven en Estados Unidos y en España– amigos y conocidos, empiezan a incomodarse con el regreso incomodo e inevitable. O por lo menos los más distantes como Pedro El Salvaje, a interrogarse quien le dio el partido a Geni y cuál fue el papel de la madre silenciosa de este, insinuando con “complejo de Edipo”, muy bien fermentado en una sociedad basada en la sospecha, el doblez, en la intervención en la vida ajena y en la construcción de sueños inevitablemente repetidos. Sin obviar el fenómeno de la desigualdad y al hecho que algunos de los personajes gracias a sus “dones”, cultivó de las prácticas religiosas afrocubanas, las intervenciones de los “bababluas” y la predicciones del futuro, acumulan fortunas y beneficios desde una bolsa de café hasta un coche europeo que rompe el paisaje y se exhibe visualmente ofensivo frente al resto de los cubanos que caminan a pie, sobre zapatos gastados por el uso repetido. Volviéndolos consejeros, sustitutos de los psiquiatras y que tienen una influencia extraordinaria. Uno de ellos, Humbertico –el más exitoso de los curanderos– presiona a Nora, convence a Santiago y le da ánimo a Ariadna y a Violeta para que liberen sus fuerzas y frente al regreso del asesino ordenen y dirijan sus propios destinos. Una trama tensa, veloz –que durante un par de semanas– con personajes bien perfilados, viven una tensión inevitable que amarra el lector a cada de las páginas de esta novela igualmente grande por su complejidad y sus recursos técnicos como lo es “El Hombre que amaba a los perros”. La tensión abre la novela. La tensión mantiene a la novela y el miedo la tensión la cierra, mostrando lo más humano de los humanos. Y muestra como las familias implicadas ponen en evidencia su disfuncionalidad, los problemas emocionales de sus miembros; y especialmente el miedo, que posiblemente más que el calor, es el asunto más relevante en esta narración. Y detrás. En el fondo, el fracaso una revolución que no tiene capacidad para atender los problemas básicos de una población que se desarrolla –vale decir porque en realidad sobrevive– entre el cinismo y la chulería, una forma de ir tirando hacia adelante, engañando, fingiendo y aprovechando el sistema que aunque derruido, no acepta el final sino que lo proyecta hacia el infinito. 

Formalmente la novela confirma la maestría narrativa de Padura. Es contada desde un narrador omnisciente y el autor que, se constituye en un actor de su propia novela. Y el que la historia se adelante y retrocede, sin perder el ritmo y la coherencia, en un lenguaje ordenada con la chispas del español cubano; pero sin abusar la experiencia literaria para engañar al lector o para dificultar seguir la trama de la obra que desde el delito inevitable, en que el maltrato del padre en algún momento le permite al lector preguntarse si el padre muerto se merecía que el hijo lo matara y si la violencia de este, que solo muestra una fisura: nunca le pegó a su esposa y más bien mantiene con ella una relación de ternura que solo se explica en un personaje afectado en su personalidad en forma severa y profunda. Pero ademas, la descripción de la violencia de Eugenio Bermúdez y el miedo de su hermano Santiago, burócrata del régimen, en una posición humilde de contador de una empresa pública –como todo en Cuba– muestra el panorama de una sociedad enferma, dañada por la falta de libertad individual, la pérdida del orgullo en si misma y la derrota del miedo que junto a la violencia, nos parece que son los ejes típicos de una sociedad enferma, llamada a morir; pero que se resiste. Y en la más profunda obscuridad, se niega a morir en ninguna parte y mucho “menos sobre la arena”. Porque es inevitable observar en todos los personajes, incluso los más dañado por la violencia, una enorme voluntad para sobrevivir, un coraje para inventar formas de hacerlo, enfrentando con valentía las dificultades con una seguridad que no los derrotara la muerte anunciada; ni tampoco los desalientos. Hay una fuerza extraordinaria en el cubano y un elemento telúrico que lo vuelve incombustible ante los zarpazos se la desesperación. Una gran novela sin duda alguna. Otra más de Leonardo Padura, posiblemente el mejor novelista que tiene la literatura que se escribe en español en este momento. Un plato extraordinario para el gozo que depara la palabra escrita y una oportunidad para tomar conciencia cómo reaccionan los seres humanos a las crisis generales donde el sistema político niega la libertad y establece un mecanismo de miedo para controlar a sus ciudadanos. Por ello esta novela que devela el comportamiento humano en tiempos que sus sociedades entran en crisis, es además de un fiesta para celebrar ingenio y la maestría en el uso del español, que constituye también una fotografía en sepia de un proceso de cambio revolucionario que por su naturaleza dependiente y su vocación represiva para producir miedo, debe ser visto como la última etapa de una fórmula de reprimir la libertad y para concluir que aunque las cosas se pongan malas y las sociedades políticas se hinquen y caigan derrotadas por sus errores, sus ciudadanos sobreviven, mantienen la esperanza y que no permiten ser destruidos por el vendaval de los errores de los tercos líderes, y hasta bien defienden la vida, no mueren en la arena; y más bien en el ejercicio de empezar de nuevo, pueden volver a soñar mientras caminan a la Ítaca de sus sueños y de sus antepasados sucesivos. El mensaje final: los cubanos sobrevivirán. Solo tienen que vencer el miedo, recuperar la libertad y derrotar el miedo para de nuevo empezar, a soñar otra vez.

Leonardo Padura novelista cubano

“Morir en la arena” (novela)

Editores Tusquets, Barcelona, España. 375 páinas. Segunda Edición, México 2025.

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