Contracorriente: ¿TIENE USTED ALCALDE O DIPUTADO?
Juan Ramón Martínez
Perdonen la confidencia y el atrevimiento al comparar la democracia hondureña con la de otros países. Es inevitable. Si queremos ser mejores como nación, necesitamos tener metas elevadas. Si seguimos conformándonos con lo que tenemos sin atrevernos a imaginar que podemos ser mejores, no iremos a ninguna parte. Sostuve que pagamos más por vivir en Tegucigalpa que lo que pagan los residentes de cualquier ciudad de Texas o Florida. No porque allá sean más honrados. No me quiero meter en camisa de once varas. Lo dejaré para después. El asunto es que allá, las autoridades están obligadas a servir, porque si no lo hacen, en las siguientes elecciones pierden el cargo. Aquí no. Se vota por partido, adulando a los caudillos; y con una ingenuidad espantosa por los peores sabiendo que harán un mal papel porque no tienen nada en la cabeza, ni habilidad para construir la nación que algunos deseamos.
Empecemos por los conceptos. De acuerdo a la
Constitución somos una democracia liberal y representativa. De allí que es
obligado diferenciar: el representado y el representante. En el primer concepto
estamos los ciudadanos que en el acto de votar, confiamos en una persona
marcando bajo su nombre y fotografía. En el segundo los elegidos: los alcaldes,
el presidente de la República y los diputados. Al votar se crea una
relación entre el representado (el mandante) y el representante,
es decir el “mandatario”, el “mandadero”. Este debe rendir cuentas y responder
sin excusa a las peticiones y exigencias ciudadanas de los mandantes que son
los propietarios de la soberanía, los dueños de Honduras. Los superiores son
los votantes y los subordinados los gobernantes
Esto teóricamente hablando. En realidad, aunque
en Tegucigalpa votamos por un alcalde y nueve regidores, ninguno se cree
obligado con sus votantes. Cuando urgimos algo, no nos atienden. Se creen
superiores y nosotros los votantes –por ineptitud flagrante—convertidos
en sirvientes suyos.
Es probable que no me crea. Que considere que
soy un pesimista o un amargado que porque no lo invitan a la fiesta, hablo mal
de los músicos y de las bailarinas. Pero haga la prueba. Permítame un
ejemplo sencillo. Frente a su casa hay un árbol que ha crecido en forma tal
que casi cubre la totalidad de la calle. Necesita podarse porque interfiere con
el tendido eléctrico. Llame al alcalde y me cuenta si Juan Diego Zelaya le
responde. Y si tiene suerte –porque no todos somos desafortunados– me
cuenta si el Jefe de Parques llega, y ordena, después del análisis
correspondiente, la poda del árbol para que deje de interferir.
Le cuento lo que me ha pasado. En ocasión
del II Centenario de la Independencia, erigimos en la parte sur de la
Cancillería, un monumento conmemorativo. Es bello, elegante. Representativo
de lo mejor de los hondureños y del compromiso centroamericano. Allí ondean las
banderas de las cuatro naciones hermanas y en el centro fija, la azul metálica
de Honduras. Tengo dos meses de andar taloneando al alcalde, al hombre que
pagó con mis impuestos; y no he podido lograr que me atienda. Lo buscó para
pedirle que limpien las malezas y siembren grama, retirando la suciedad que
algunos dejan caer en los alrededores. Me respondió una vez el teléfono,
entre viaje y viaje, porque pasa más tiempo afuera. O en San Juancito. Nada
más.
Espérese, tengo otra. El partido por el que
voto –la Democracia Cristiana— logró un diputado: Godofredo Fajardo. Una
vez elegido le tomó el gusto al poder y sus beneficios, renuncio del partido
y rompió el compromiso con los votantes. Es decir nos engañó. Sin poder
hacer nada para quitarle el acta de diputado. Antes por un milagro, me recibió
en su oficina. Me dejó hablar; pero sentí que no me escuchaba. Plantee ideas
como hacer cambios en el proceso legislativo animándole para que presentara
propuestas. En un momento se puso de pie diciendo: tengo que irme, me espera
Zambrano. No tuve otra que salir y dejar al “político” que ahora no
representa a nadie, sino que se representa a sí mismo. Los llevamos a que
amenizara la fiesta y se quedó con todo.
La última. Acabo de publicar un libro. Quise
entregárselo a otro diputado por quien vote y que creció en el vecindario. Le
pedí la dirección de su casa para enviárselo. Se negó. Me dio el de la oficina,
en un lugar inaccesible. Preferí desistir.
Usted dirá: “si así lo tratan, –intelectual,
columnista y presentador de televisión–, a mí me trataran peor
porque soy un simple votante. Me despreciaran”. Claro que sí. Por ello, debe
hacer algo, ¿no cree?

Comentarios
Publicar un comentario