COMENTARIOS AL LIBRO “LA MATANZA DE LOS HORCONES”
Oscar Aníbal Puerto Posas
Padre Iván Betancourt mártir de la iglesia católica, asesinado por la oligarquía, por defender el derecho de los pobres, en su lucha por una vida digna.
Exordio. Juan Ramón Martínez Bardales (Olanchito, Yoro, 1941), ha escrito un libro que me ha dejado asombrado, se titula: “La Matanza de Los Horcones”, (ediciones Guardabarranco, septiembre 2026). Contiene 406 páginas (con una curiosidad, al comienzo de cada capítulo colocó las fotografías de las víctimas y los victimarios, los cadáveres lanzados al sórdido pozo de malacate, correspondieron en vida a: Jerome Cypher (Padre Casimiro, cura párroco del municipio de Gualaco, Olancho, de nacionalidad norteamericana); Oscar Ovidio Ortíz Ruíz, hondureño, laboraba en el Centro de Capacitación “Santa Catalina”; Roque Andrade Madrid, trabajaba en “Escuelas Radiofónicas”, con sede en “Santa Catalina”; Juan Benito Montoya, dirigente de la UNC; Bernardo Rivera Irías, dirigente de la UNC; Lincoln Calderón Fuentes, líder de la UNC; y, además, el Padre Iván Betancourt, desempeñaba su apostolado en Catacamas, era colombiano; María Elena Bolívar, colombiana, visitaba Honduras a fin de conocer a Iván Betancourt, iba a contraer nupcias con un hermano de éste; Ruth García Mayorquín, hondureña, estudiante universitaria, viajaba con el Padre Iván, por una coincidencia. Todos fueron torturados brutalmente por agentes del DIN, llevados al lugar de los hechos por considerarlos “un peligro para los terratenientes olanchanos”. Salvo las mujeres, eliminadas por órdenes del mayor Chinchilla, “para que no quedaran testigos”. Ocurrió en la hacienda de Manuel Zelaya Ordóñez, y se usó para matarlos un fusil que el terrateniente les facilitó. No podía ser inocente, como lo catalogó en su sentencia el juez del departamento de Olancho, abogado Augusto C. Bustillo. Sentencia que la Corte Segunda de Apelaciones, integrada por los abogados Adán Pineda Vidaurreta, Edmundo Orellana Pineda y Raúl Elvir Colindres, confirmó. La Corte Suprema de Justicia, precedida por un hombre recto revocó el fallo. Con un error, los condenó a pagar su crimen por el delito de homicidio, cuando era un asesinato. Ello les favoreció cuando la Asamblea Nacional Constituyente, les concedió una amnistía. (Información recabada en el libro de mérito).
Juan Ramón Martínez, realizó un trabajo, como diría Luis Andrés Zúñiga (1878-1965): “arduo, rudo, triptolémico y complejo”. Cada uno de sus asertos lo apoya en datos periodísticos de la época -1975-, en que ocurrieron los sangrientos sucesos. Largos días pasó el autor en la “Colección Hondureña”, Biblioteca Central de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH). La información forense la recogió en los archivos de los Tribunales de Justicia y, además, entrevistó a uno de los abogados acusadores: el togado Carlos Gómez Moreno, exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia, profesional de intachable trayectoria.
El propósito de Juan Ramón Martínez no es otro que llegar al corazón de la verdad. Su dedicación y competencia lo llevan a obtener un feliz resultado. Aún cuando la narrativa no deja de ser espeluznante. Juan Ramón, escritor con largos años de oficio, construye un estilo ameno, imparcial y objetivo. No juzga. Invita a los lectores que ellos sean quienes juzguen a los autores del abominable delito. Admiro su valor, en un país donde nadie quiere problemas con los “grandes” (pongo el vocablo entre comillas, en Honduras son “grandes” los ricos, los poderosos). Juan Ramón y yo, tenemos otro concepto de la grandeza ciudadana. Son grandes hondureños los próceres de la independencia. Son grandes hondureños los inspiradores de la reforma liberal, Soto y Rosa. Los auténticos dirigentes de la huelga obrera de 1954. Y hay otros y otras: los que sacrificaron su vida en los años ochenta; “los desaparecidos”. Hay grandeza en el campesino que planta la semilla, que a veces germina y a veces no. Pero no hay grandeza en el que detenta la riqueza (detentar significa en el lenguaje forense: “retener algo sin derecho”). Es lo que ocurre con la mayor parte de los terratenientes de Honduras. Ahora, vamos al grano.
1. “La marcha de la Esperanza”
Olancho es el más grande departamento de Honduras. También el que le ha dado al país, sus mejores intelectos, citamos algunos(as), sin ánimo de ser exhaustivos: Froylán Turcios (1874-1943); Rubén Bermúdez (1889-1930), Alfonso Guillén Zelaya (1887-1947); José Antonio Domínguez (1868-1903); Medardo Mejía (1907-1981); Antonio Bermúdez (1881-1948); Clementina Suárez (1902-1991); Paca Navas de Miralda (1886-1971); Victoria Bertrand (1907-1952) y Juanita Zelaya (1908-1934). No coloco sus nombres en orden cronológico, sino cual los consigna la escritora Marcelina Bonilla (1886-1955), en su magnífica obra: “Diccionario Histórico-Geográfico de las Poblaciones de Honduras” (Imprenta Calderón, 1953, Tegucigalpa.)
La cita de la Sra. Dª. Marcelina Bonilla, no es providencial. Tiene un objetivo: demostrar que el mayor José Enrique Chinchilla Díaz, no entendió dónde estaba situado: en tierra de intelectuales. De haberlo sabido, su comportamiento hubiera sido distinto. Y que conste, excepcionalmente hay militares que leen; que se instruyen; que son autodidactas. Sólo conozco un caso, Efraín Lisandro González, coronel de Infantería y abogado. El primer Ministro de Cultura y Turismo que tuvo Honduras. Se gastaba una erudición poco común. Había leído a Homero y a Cervantes, entre otros. En otro país hubiera sido un mérito. Aquí no. Por ascensos en la escala militar, al coronel González, le correspondía asumir la jefatura de las Fuerzas Armadas, por presiones de la Embajada de los Estados Unidos, fue llevado al alto cargo, Gustavo Álvarez Martínez. De actuación nefasta. Fue un implacable perseguidor de los derechos humanos. Gobernaba nominalmente el Dr. Roberto Suazo Córdova (1982-1986). Derrotó al abogado y notario Ricardo Zúñiga Augustinus, de paso, el político hondureño que mejor congenió con los militares; en las elecciones de primer grado, efectuadas el año 1981. Suazo Córdova (1927-2018) -un médico rural de pocas luces, obtuvo, como candidato del Partido Liberal: 936,693 votos, derrotó a Ricardo Zúñiga Augustinus (1916-1987), por una diferencia de 145,564 votos. Zúñiga entró al ruedo, representando al Partido Nacional.
Olancho ha sido fecunda tierra de hombres y mujeres poetas. Entonces, nada raro es que los campesinos olanchanos dieran a su marcha un nombre cuasi poético: “Marcha de la Esperanza”. De paso, con influencia religiosa, “esperanza”, es una virtud teologal por la que los fieles esperan en Dios. Lástima que el espanto de los fusiles, coartaron una marcha pacífica; suprimiendo el Derecho Humano “a circular libremente” (Art. 13 de la “Declaración Universal de los Derechos Humanos”. Y lo que es peor, violando el “Derecho a la Vida” (Art. 3) y el Art. 5: “Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos y degradantes”. Consignados en el cuerpo legal arriba nominado. Para entender lo sucedido es preciso hacer una breve semblanza de la historia más o menos reciente en nuestro país.
2. Golpe de Estado de 1972
Los militares, el 4 de diciembre de 1972, deciden deponer al anciano presidente Ramón Ernesto Cruz Uclés. Abogado, con carrera judicial completa: Juez Magistrado de la Corte de Apelaciones, docente universitario. Miembro numerario de la Academia Hondureña de la Lengua (la que llegó a dirigir). En fin, una eminencia. Pero, llegó al poder con condiciones que le impidieron gobernar. Amén de un “Pacto de Unidad Nacional” que dividió el poder entre los dos partidos tradicionales (Nacional y Liberal), gravitaron sobre su figura, dos sombras nefastas: Ricardo Zúñiga (líder -sin disputa- del Partido Nacional); su Ministro de Gobernación y Oswaldo López Arellano, Jefe de las Fuerzas Armadas. A esa fecha -ya no un “chafarote”-, como dio en llamar a los militares el extraordinario periodista Alejandro Valladares (1910-1976), sino que, además un burgués. Dueño de un banco, de una línea aérea y de otros bienes construidos a costa del erario nacional. López Arellano, deseaba el poder para construir una sociedad que permitiera el desarrollo de las fuerzas de producción. Esta vez, llega a gobernar con otros fines y otra gente. Un periodista dijo que se rodeó de un “gabinete de lujo” (no es para tanto. Pero, sí había en torno a él hombres valiosos). Con la primera promoción de oficiales egresados de la Escuela Militar “Francisco Morazán”, creó el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas (COSUFFAA), veinte oficiales jóvenes (Tenientes Coroneles) que esperaban su turno para gobernar. No cabían muchas letras en su caletre, pero, se consideraban una clase privilegiada. Sudaban soberbia y despreciaban al ciudadano común. “Civilones” nos llamaban. El más sensato y preparado de ellos era el Teniente Coronel José Mario Maldonado Muñoz. Además de militar, abogado por la Universidad Complutense de Madrid, llegaría a ser Director del Instituto Nacional Agrario (INA). Aún vive. Es el militar más limpio que haya conocido. Digo limpio de conciencia.
3. El Decreto-Ley No. 8
Es a mi juicio, el instrumento legal más expedito para hacer reforma agraria. Emitido por el Jefe de Estado, Oswaldo López Arellano, el 26 de diciembre de 1972. Es decir, 22 días después de consumado el Golpe de Estado. Es susceptible a sospecha que una Ley de esa naturaleza se haya gestado con tan poco tiempo. Lo más probable es que los conspiradores, tenían listos los instrumentos jurídicos con los que iban a gobernar a Honduras. Voy a hacer una síntesis del Decreto Ley No. 8. Fui Jefe Regional del INA para el Litoral Atlántico, con sede en la ciudad de La Ceiba y me tocó aplicarlo. He aquí sus componentes más relevantes: 1) La iniciativa la llevaban los campesinos. Ellos denunciaban las tierras baldías u ociosas. 2) Con base a esta denuncia, el Director del INA o el Jefe Regional, enviaban a un profesional de las ciencias agrícolas, a verificar este asunto. 3) Si el hecho era cierto, con base al informe del agrónomo, el ejecutivo del INA, emitía una resolución de afectación. (No se expropiaba la tierra, sino que se imponía un “arrendamiento forzoso”, por dos años. Los campesinos pagaban un arrendamiento del 1% sobre el valor declarado de la tierra. Una cantidad ínfima, si se considera que, para pagar pocos impuestos al Estado, el terrateniente, solía depreciar el valor de sus tierras. 4) Contra la sentencia de afectación, el terrateniente, podía interponer recurso de amparo ante la Corte Suprema de Justicia, ésta podía admitirlo. “Sin suspensión del acto reclamado”.
A este ritmo, el Decreto Ley No. 8, con 2 años de vigencia, logró efectuar 623 asentamientos campesinos para un total de 23,621 familias rurales en un área afectada de 108.946 manzanas. Quizá por eso no hubo “Marchas del Hambre”. Ni “Marchas de la Esperanza”. La tierra pasó a ser de quienes la trabajaban. A ello, se unieron otras medidas reformistas y se creó el INFOP, Banasupro y, además, “la sindicalización forzosa”. Esto es: “deberían todos los obreros cotizar a su sindicato, una cantidad mensual”. Haya o no ser miembros del mismo. El movimiento obrero, creció de una manera increíble. Pero, mientras, ello ocurría, la oligarquía conspiraba.
4. La afectación de tierras incultas, no fue una creación de los militares hondureños y sus aliados civiles
Joaquín Costa, jurista español, definió certeramente, lo que el denominó “el escalio”, diciendo que es la “ocupación por el trabajo”. El Derecho Romano conoció la ocupación de los “agri deserti”, durante el último Imperio y el “ius adprisionis” o derecho de roturar las tierras abandonadas o incultas; en los fueros aragoneses y de Navarra, en los Ustages, etc., se encuentran múltiples ejemplos de Escalio, con éste u otros nombres. Existe un elemento musulmán en el Escalio o en instituciones análogas: la vivificación de las tierras muertas.
Como estudioso del Derecho Agrario veo en el Decreto Ley No. 8, una forma de escalio, institución jurídica de larga data. ¿Quiénes fueron los autores del Decreto Ley No.8? Según información de la historiadora Sidalia Batres viuda de Fonseca (ya fallecida), los autores del Decreto Ley No. 8, “el escalio a la hondureña”, fueron: Gautama Fonseca (su esposo), Mario Ponce Cámbar (quien lo aplicó, siendo director del INA), y Manuel Acosta Bonilla. Creo que Acosta Bonilla, fue quien más aportó. Estudió en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), siendo presidente del país azteca Lázaro Cárdenas (1895-1970). Cárdenas, prosiguió lo reforma agrafia con más intensidad que sus predecesores. En cuanto a los tres ilustres compatriotas mencionados. Los tres ellos, ya abordaron la barca de Caronte.
5. Chinchilla no se “aclimató” al vasto departamento
Volviendo al mayor Chinchilla, no se “aclimató” (en sentido figurado) en el vasto departamento de Olancho. Tenía apenas 21 días de haber asumido el cargo de comandante de la V Zona. Según sus declaraciones ante el Juez de Letras de Olancho, abogado Augusto C. Bustillo, lo enviaron “a calmar los ánimos de los campesinos”. “Le recomendaron hablar con José Manuel Zelaya Ordóñez”. No era cualquier persona, el terrateniente más poderoso de Olancho. Resulta que, solo llamó a una parte: debería haber establecido un diálogo con Pedro Alejandro Mendoza, presidente de la UNC. Profundo conocedor de la ideología social cristiana. Además, ¿porqué un militar era enviado a resolver problemas agrarios? El INA, tiene una oficina regional en Juticalpa. No sé quién la dirigía. Pero fue el gran ausente del conflicto.
6. Los enigmas de la historia
¿Quién fue el culpable? –el autor intelectual- de lo que el escritor del libro que comento, califica, acertadamente – “de orgía de sangre”? Chinchilla o Melgar Castro. Creo que el segundo. Chinchilla, no pudo en 21 días, montar un escenario tan macabro. Chinchilla, ni siquiera había calentado el sillón en que se sentaba, cuando ocurre el asalto al Centro de Capacitación de “Santa Clara”. El profesor Guillermo Ayes Mejía, llevó como “escudos humanos”, a los niños de las escuelas públicas de Juticalpa, los expuso a la muerte. Tras los niños, iban soldados protegidos por la inocencia infantil. Mataron a cinco campesinos. De los agresores, murió el hermano del alcaide del presidio. El sargento Artica. Y hubo otro muerto que Juan Ramón Martínez no menciona: el abogado Cabrera (mi excompañero de estudios), llamado por dirigentes de la Democracia Cristiana, a levantar el acta notarial del asalto. Haciéndola estaba cuando pasaron soldados a su despacho legal y lo mataron. Era un buen hombre. Me consta. Su muerte quedó impune. Y su nombre sumido en el olvido.
7. El principio del fin del proceso reformista
Con la caída de Oswaldo López Arellano -1975-, todo cambió en el país y en las Fuerzas Armadas. López Arellano, conocía y amaba al estamento armado, al punto que le dio alma. Cuando fue presidente constitucional (1965-1971), creó el programa “Acción Cívica Militar”, que hoy ha desaparecido. Por Canal 5, todos los domingos, se transmitía el programa “Proyecciones Militares”. Lo dirigía el teniente coronel Rigoberto Regalado Lara, con el auxilio de otros oficiales. López Arellano, además de municiones, compró orquestas musicales, cada batallón tenía su orquesta. No eran un prodigio artístico, pero amenizaban los domingos en los hogares hondureños. Los militares demostraron que no solo podían dar pasos marciales. También bailaban merengues. El ritmo de moda en aquellos años. López humanizó a las FF.AA.
La Fuerza Aérea, trasladó gratuitamente, ciudadanos enfermos de lugares remotos de la geografía patria a los hospitales públicos de Tegucigalpa. Sus sucesores, continuaron ese uso humanitario. Durante su retorno al poder impulsó reformas sociales de grande importancia. Juan Arancibia sostiene que el período de López Arellano (1972-1975), “puede considerarse el más lúcido que ha tenido la clase dominante hondureña en los últimos años, y quizá el más lúcido de este siglo” (siglo XX). A su muerte estaba solo y olvidado. Sus restos fueron sepultados en un predio de su casa de habitación. No hubo honores oficiales. Ni pabellones a media asta. Fue un lamentable olvido de mi amigo, el presidente Porfirio Lobo.
Oswaldo resbaló -por decirlo así- en cáscara de banano. El suceso lo registra la historia como el “banana gate”. Al parecer, recibió un soborno de la United Brand, por concepto de rebaja al impuesto de exportación de la fruta mencionada. Se integró una comisión investigadora. López no quiso autorizar sus pesquisas a sus cuentas bancarias en Suiza. El Consejo de las FF.AA., lo depuso. Llega a sustituirlo, el entonces coronel Juan Alberto Melgar Castro, acto ocurrido el 22 de abril de 1975. El proceso reformista, entra en crisis. A pocos meses de estar en el poder, ocurre “la matanza de Los Horcones”. Melgar no fue ajeno a este hecho sangriento. Un “pinche” (valga el hondureñismo), mayor, no pudo asumir por sí solo, semejante responsabilidad. Melgar fue siempre un conservador. Deshizo el proceso reformista. Expulsó del país a los técnicos del PROCCARA. Le dio “el exilio dorado” al coronel Mario Maldonado. Obligó al Lic. Rigoberto Sandoval, a renunciar a la dirección del INA. Lo ocurrido en Santa Clara y en la hacienda Los Horcones, no le fue ajeno. El mayor Enrique Chinchilla, solo tenía 21 días de desempeñar su cargo. Da entonces la impresión, que llegó a cumplir lo planificado en Tegucigalpa. Él, el teniente Plata, el sargento Artica, Manuel Zelaya Ordóñez, Carlos Bahr y otros pobres diablos de menos cuantía, salieron de la cárcel mediante una amnistía, hecha a la medida de los perpetradores de la cruel masacre.
8. Breve semblanza del mayor Chinchilla
Éramos contemporáneos, nacimos el mismo año: 1943. Estudiamos en el Instituto Central. Ahí cursó sus primeros cursos. Entonces, se ingresaba a la Escuela Militar “Francisco Morazán”, al haber concluido el tercer curso de bachillerato. Estábamos en distintas secciones del mismo curso. Era un muchacho con mucha altivez. Se consideraba un predestinado a gobernar a Honduras. Muchos le creían, otros se reían. Fue hijo de un militar integérrimo: el coronel David Chinchilla. Con alguna figuración cuando el conflicto bélico con Nicaragua, en 1957 (Junta Militar de Gobierno). Cuando su hijo masacró campesinos, el coronel Chinchilla, estaba en condición de retiro. Vivía modestamente de su pensión de militar retirado. Enrique Chinchilla Díaz, debió buscar consejos en su padre; no en Mel Zelaya Ordóñez, ni en Melgar Castro. Así hubiera evitado, mancharse de sangre las manos. Estuvo en la Penitenciaría Central (entonces ubicada en el barrio La Hoya), por poco tiempo: un lustro. Muy poco tiempo para haber asesinado 9 personas. Nunca se le dio de baja. Siguió en las FF.AA., como agregado militar en varios países, Panamá e Italia. Según el autor del libro, murió en San Pedro Sula, de un cáncer de páncreas. Yacen sus restos en el cementerio de los militares, camino a Mateo. La prensa calló ante su muerte.
9. Fin de la vida de otro de los autores de la masacre de Los Horcones
En cuanto al teniente Plata, fue asesinado; una vez recobrada su libertad, buscó en las bebidas alcohólicas remedio a sus males. En sus borracheras, contaba lo sucedido en la hacienda Los Horcones, y maldecía en voz alta, haber optado por la carrera militar. “Que de noble no tiene nada”, decía. Sus comentarios eran indeseables, por eso lo asesinaron.
El terrateniente José Manuel Zelaya Ordóñez, murió en su casa. Juan Ramón Martínez da detalles en su valiosísima obra de los momentos finales del fatídico personaje.
Bien dijo Rafael Heliodoro Valle (1891-1959), “La historia de Honduras puede escribirse en una lágrima”. (Véase prólogo de “Honduras”, selección de escritos de Ramón Rosa (1946).
***
Juan Ramón Martínez Bardales, puso en el lugar que les corresponde a los delincuentes, en el mejor libro de microhistoria escrito en Honduras. Comparto su lúcido criterio: el proceso reformista de los militares se ahogó en un charco de sangre. Sangre de mártires: sacerdotes, mujeres, profesionales al servicio de los campesinos y dirigentes de la UNC.
Me gusta su cita de Eduardo Galeano: “Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla”.
Bibliografía
- Argueta, Mario, “Pasado y presente de la Secretaría de Gobernación y Justicia”, Tipografía Nacional, enero 1998.
- “Diccionario Histórico-Geográfico Hondureño”, Editorial Universitaria, Tegucigalpa, 1990.
- Bonilla, Marcelina, “Diccionario Histórico-Geográfico de las Poblaciones de Honduras”, Imprenta Calderón, Tegucigalpa, 1953.
- Fonseca, Gautama, “Antología de obra periodística”, Editorial Guaymuras, 1ª. Edición, Tegucigalpa, enero de 2021.
- González, José, “Diccionario de Literatos Hondureños”, Ediciones Guardabarranco, Tegucigalpa, 2023.
- Instituto Hondureño de Desarrollo Rural (IHDER), “84 meses de Reforma Agraria de las Fuerzas Armadas de Honduras”, 2ª. Edición, Empresa Litográfica Iberia, Tegucigalpa, agosto de 2018.
- Martínez, Juan Ramón, “La Matanza de Los Horcones”, Ediciones Guardabarranco, septiembre de 2026.
- Unión Litográfica Americana (UTEHA), Tomo IV, México, 1953.
- Zúñiga, Luis Andrés, “Palabras al recibir la condecoración de la “Orden de Morazán”. “La Gaceta, Diario Oficial de la República”, 24 de diciembre de 1959, Núm. 16,900.

Comentarios
Publicar un comentario