MARGUERITE YOURCENAR Y EL DÍA QUE MURIÓ BORGES
Anales Históricos
(Cartas entre Marguerite Yourcenar y Silvia Baron Supervielle)
Jueves 3 de julio de 1986
Querida señora,
Usted estaba de nuevo en París, pienso, cuando
María me anunció la noticia. Entonces viajé a Ginebra. Allí, el horror de los
fotógrafos, de la prensa, la belleza de María, la certidumbre de que nada ha
terminado. Borges se durmió sin sufrir, cuatro días después de su mudanza.
Estaba transformado a raíz del casamiento y de haber vuelto a su hogar, a su
antigua ciudad de Ginebra donde vivió en tiempos de la adolescencia.
La ceremonia se llevó a cabo en la iglesia
Saint-Pierre, mitad protestante, mitad católica, un poco fría. Lo enterraron en
un muy hermoso jardín, entre dos grandes tejos. Su ataúd, cubierto con rosas
blancas de María, estaba rodeado de coronas enviadas por diversos presidentes y
editores. Una de ellas, con flores luminosas, llevaba una banda con la
inscripción: «Al más grande forjador de sueños». ¿Esa corona era suya? ¿Quién
otro, me dije, habría puesto esas palabras, «forjador» y «sueño», codo a codo? No
pude retener las lágrimas mientras leía la frase.
Borges fue el primero, creo, que me mostró la
extraña belleza. Yo leía sus poemas, en Argentina, yo era muy joven. Que un
ciego haya podido hacerme esa revelación me parece aún un milagro. Me hacía
descubrir algo, el ritmo de sus versos volvía real y le daba sentido (sonido) a
la vida y al sueño. Hace poco, mientras me hablaba de su madre, hizo una pausa
y dijo: «En el fondo, la literatura no es sino afecto».
No tuve el valor de anunciarle a usted esta noticia
que, supongo, supo por los diarios, bruscamente, llegando a Petite Plaisance.
Organizo con María y con mi amigo Héctor Bianciotti –que usted conoció en
París– un homenaje a Borges, en octubre próximo, y me gustaría obtener
excepcionalmente la sala de lectura de la Biblioteca Nacional. ¿Se sumaría
usted a nosotros?
Desde luego, he recibido y llevo conmigo a
Belle-Île un ejemplar de la NRF donde acaban de aparecer unos poemas suyos, muy
breves, que vuelan en las páginas. Estos signos, poemas, pájaros, abejas son
como una caricia suspendida, inconclusa, que usted ofrece a unos animales
amigos. No sé si sería capaz de traducir esa ternura. Por cierto, ¿cómo
traducir «la femme-aux-chiens»?
En Argentina, sobre el lomo negro del ganado se
posan unos hérons blancos, llamados garzas en castellano, con patas largas y
finas. Son magníficos y los aprecio mucho, parece que piensan y me gustaría
conocer sus pensamientos.
Envío mis mejores deseos para que se sienta cada
día mejor, para que haga un tiempo magnifico y para que avance con la historia
de esa mujer de la que me habló y a la cual imagino gracias a la ayuda de
algunos de sus personajes femeninos y, ante todo, de la mirada que usted arroja
sobre ellos.
La llamaré en cuanto vuelva a París. Gracias por
estar siempre tan presente.
Le envío un gran abrazo,
Silvia.
Querida Silvia,
Supe en París, el día anterior a mi partida, la
noticia del fin (si la muerte se trata de un fin, ¿qué sabemos nosotros de
ello?). De inmediato, hablé largamente por teléfono con María, muy afligida por
ella. Una de las últimas frases que usted le oyó decir a Borges me parece
emocionante: «En el fondo, la literatura no es sino afecto». Iría más lejos,
incluso, y diría «amor».
Tengo un recuerdo inolvidable de mi visita del 6 de
junio. Borges ahora está libre, pero el mundo es más pobre cuando hay un gran
poeta de menos.
Cariños.
Marguerite Yourcenar.
(FUENTE: Facebook, JORGE LUIS BORGES Vida y Obra, Ramon Montas Mendaz).

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